Estamos en la estancia de un museo, en cuyas paredes se encuentran obras que nos acercarán, durante el transcurso de la serie, al trabajo y a la vida de los más importantes y notables pintores y escultores de la historia del arte.
Los protagonistas son dos chicos adolescentes cuya presencia en el museo es casual, y obviamente no se debe a un interés espontáneo por el arte, si no a que han entrado por error buscando otra dirección.
Junto a estos dos chicos quinceañeros está el custodio del museo, un individuo entrado en años, muy culto y entendido en materia de Arte, pero frustrado porque la vida solo le ha reservado un puesto marginal en el sector.
Su relación con los chicos da lugar a gags vivaces que evidencian por un lado las diferencias generacionales y por otro los dos diferentes niveles de cultura. El intento del custodio de explicarle a los chicos el Arte, con su lenguaje formal y académico, solo les confirma la idea que ya se habian hecho de él, es decir, la de un tipo aburrido y antipático.
Bajo una luz completamente diferente son presentados los personajes a quienes confiamos la tarea de dar la versión easy del arte: se trata de los piojos que viven en la cabeza de los dos chicos y también del custodio.
Los insectos, realizados gráficamente con técnicas de animación, se presentan como los verdaderos amantes del arte y conocedores de los artistas que van siendo presentados. El suyo es un lenguaje juvenil, fácilmente comprensible por el público al que nos dirigimos.
Los piojos pertenecen a un mundo paralelo al real, lo que hace imposible cualquier interacción con los personajes reales, pero no les impide hacer comentarios o emitir juicios, permitiendo diversas situaciones cómicas que terminan inexorablemente con la muerte accidental de uno de ellos al final de cada capítulo: es “rascado” por una mano, o simplemente aplastado por una amigable palmada en la cabeza.
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